Un refrán tan recurrente como mal interpretado. Asumirlo supone un mecanismo de autodefensa que puede llevarnos a la indefensión en lugar de activarnos o prepararnos para actuar. A veces puede servirnos como escudo protector de posibles amenazas, el típico «mejor prevenir que curar«. Pero usarlo como medio de adaptación para cualquier situación de nuestra vida puede ser peligroso. Con esto no digo que, en ocasiones, cierto grado de desconfianza como medio de protección, pueda salvarnos de posibles «peligros» o situaciones complicadas.


Otra cosa muy diferente es usarlo como pretexto para permitirnos a diario un lenguaje negativo continuo y una forma de afrontamiento pesimista como norma general. Vamos con un ejemplo para verlo con más claridad. Ana es una jugadora de fútbol que esta temporada está jugando como titular en casi todos los partidos pero, en los que considera «más importantes», está jugando menos. Aun así, esta semana juega contra las primeras y confía en que puede salir de titular porque está entrenando bien.


Al hablar con un amigo suyo, éste le dice «no te ilusiones que ya te ha pasado más veces, seguramente en este partido el entrenador no cuente contigo como ya ha pasado en otras ocasiones. Acuérdate, piensa mal y acertarás«.


A raíz de esta conversación, esa semana empieza a tener entrenamientos en los que su rendimiento ya no es tan regular porque está fallando su confianza. Seguramente porque al pensar que no va a jugar siente que poco puede hacer para remediarlo. En realidad esto es lo que está ocurriendo:

piensa mal y acertaras

En este caso, a partir de un MAL PENSAMIENTO – no puedo hacer nada para jugar, se genera una EMOCIÓN – que provoca inseguridad, y esto a su vez genera una CONDUCTA – fallos en los pases que empeora su nivel de acierto durante el entrenamiento.


Esta cadena se repite y hace que sea difícil salir de esa rueda. Como piensa mal, se siente mal y actúa mal, después sigue pensando todavía peor, tiene más inseguridad y falta de confianza, y empeora aún más su conducta que hace que baje su rendimiento.

3 pasos para gestionar lo que piensas


1. DETECTAR EL PENSAMIENTO. Identifica qué pensamiento quieres cambiar y en qué situaciones aparece. Ejemplo: «no puedo fallar este pase»
2. DETENER EL PENSAMIENTO. Busca tu «freno» que te permita parar esa forma de pensar. Ejemplo: «señal de stop a modo de freno»
3. CAMBIAR EL PENSAMIENTO. Cambia por otro que sea más adaptativo para esa situación. Ejemplo: «voy a perfilarme bien para recibir un buen balón»

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